02 Ene 2018

El Duque de Nada

Y dijo el Duque de Nada que el hombre culto no inventa conocimiento, sino que se conoce todas las invenciones. En realidad no lo dijo. Ni llegó a pensar en ello.

Sus ojos no le habían ardido, su lengua nunca se mojó. Todos los grandes momentos de su vida eran historias contadas por borrachos moribundos a sordas mentirosas que no sabían escribir. Nadie sabía cómo se llamaba, ni donde nació, ni cuántos años había vivido. Los recuerdos de las dos personas que pasaban por el castillo donde dormía son el único testimonio de su existencia. Nadie fue a su funeral salvo fotógrafo, abogado, juez y enterrador, de los cuáles ninguno tuvo la idea de inventarse una anécdota cariñosa u ocurrente para despedirse.

Entre papeles echaron tierra y lo olvidaron todo. Las fotos se llevan a un archivador que espera a que alguien sienta que el polvo y tire la carpeta. Una mujer pide su turno en una de las mesas, dice conocer al Duque de la Nada, dice haber oído lo que decía siempre que estaba sobrio: «Yo amo a alguien que aún no conozco. No sé quién es. Puede que sea el hijo que aún no tengo o la mujer que aún no he conocido… pero yo ya la amo y ya voy enfocando ciertas cosas de mi vida hacia ella». Tras el mostrador hay un señor que no comprende la necesidad de aportar esa nueva información, la mujer responde: «Que lo escriban en su tumba, que nadie piense que se fue siendo un hombre que no amó». El señor tras el mostrador le replica que no hay lápida; ella le responde: «Que lo escriban en el barro».